La luz se coló por la ventana, que
tenía las cortinas descorridas, pero no fue eso lo que despertó a Dan. Lo que
realmente lo despertó fue su sueño. O eso quería creer.
Se incorporó, y buscó unos
pantalones. Estaba desnudo, al igual que quien dormía con él.
Se
puso en pie, y se dirigió hacia la ventana, desde donde vio la lluvia caer.
Otro rayo y otro trueno en aquella tormenta nocturna le trajeron un flash de su
sueño.
Decidió que lo mejor sería no pensar
en ello, olvidarlo. Sacudió la cabeza, como si eso fuera a servir de algo. Acto
seguido, decidió probar más cosas que le hicieran olvidar, o por lo menos no
pensar tanto en el sueño.
Se acercó a la mesita, donde había
dos vasos, medio llenos, o medio vacíos, pero al fin y al cabo, con algo del
wishky que ya no había en la botella que los acompañaba. Vertió el contenido de
uno en el otro, no recordaba de quién era cada uno, ni le importó, y se sentó
en un sillón a beber.
Estaba un poco aguado, por el hielo
derretido; y caliente, por las horas que llevaba en el vaso, lo cual no sabía
qué era peor.
Se puso a contemplar a la mujer que
seguía durmiendo en su cama del hotel. Se llamaba Ann. Le resultaba raro
recordar el nombre, ya que nunca recordaba el de ninguna, pero ella había sido
diferente a cualquier otra fan con la que se hubiera acostado. Con ella había
conectado. La había visto en la sala de la fiesta después del concierto con su
banda, y se había acercado a ella, esquivando a todas las que se iban acercando
a él. Habían hablado durante una hora, tomando cervezas, no recordaba cuántas,
hablaron sobre música y fotografía, conectaron, y luego le había propuesto
subir a su habitación, para invitarla a una copa en privado.
El resto de la historia ya era cosa
de dos, y de nadie más.
Ahora se encontraba ahí, mirándola,
con una mezcla de deseo y anhelo. De todas, era la que más le había llenado, a
cualquier nivel.
Cogió la guitarra eléctrica, que
estaba apoyada a escasos centímetros del sillón, como siempre pedía, la podía
coger sólo con alargar el brazo, y como tantas otras veces, se puso a tocarla,
sin amplificar, pero la tocaba lo suficientemente fuerte para que sólo él la
pudiera escuchar.
Otro rayo cruzó la noche, causando
estruendo, aunque no tanto como el que lo había despertado…. No, lo que le
había despertado era su sueño, no el sonido de un trueno, ni la luz cegadora
del rayo…. ¿Estaba seguro de ello?
Y el sueño volvió a su mente.
Realmente no se había ido. Aquel maldito sueño iba a acabar consumiéndolo más
que su agotadora carrera musical.
Recordó que a veces buscaba una
salida a todo aquello. A su fama. A su banda. Sabía que no era fácil. Muchos
músicos y artistas famosos eran acosados aún varios años después de retirarse.
Eso no era lo que quería. Lo que quería era vivir tranquilamente, algo que no
había tenido los últimos diez años.
Quizá el sueño le estaba mostrando
una salida. Una salida un tanto precipitada, pero una salida al fin y al cabo.
Volvió a sacudir la cabeza, como había hecho unos minutos atrás, para intentar
sin éxito no pensar en su sueño, pero ahora con la idea. Pero sabía que la idea
no se iría. No se había ido en los últimos dos años, no se iba a ir en una
noche.
Siguió tocando durante un rato más.
Ann se movió en la cama. Le compuso una canción. La canción hablaba sobre ella
y sobre un sueño. La lluvia golpeaba con fuerza la ventana. Y otro trueno sonó.
Más fuerte que el anterior, pero no tan fuerte como el que de su sueño, ¿o
había sido el que lo había despertado? Ya no estaba seguro. Le echó la culpa al
alcohol. El vaso ya estaba vacío, aunque persistía el olor del wishky.
Finalmente se incorporó, y dejó la
guitarra en el suelo. Miró el reloj. Las 3:20. Su vuelo salía a las 8 de la
mañana hacia otra ciudad. Por un momento, se planteó qué hacer con Ann. Nunca
se había llevado detrás a ninguna mujer durante sus giras, es por eso que lo
dejó su novia del instituto, la que seguramente se habría vuelto a enamorar,
habría acabado una carrera y tendría una familia, casada con un tipo guapo y
atlético, con dos hijos…. Eso es lo que él quería, pero lo que nunca tendría.
Había tomado una decisión años atrás, y aunque ahora se arrepintiese, ya no
había manera de echarse atrás. Había vendido eso a cambio de música, fama,
dinero, una mujer (o dos) distinta cada noche, en cada ciudad. Aquel era el
precio de tener una vida que ahora le resultaba vacía, de cumplir el sueño de
cualquier adolescente, renunciar a una vida que le llenase realmente cuando
llegase a la treintena.
Se acercó a la mesita, donde dejó el
vaso junto a la botella y el otro vaso vacío. Lo único que había lleno en ese
momento era la botella. Una curiosa metáfora de cómo se sentía. Así como el
wishky de la botella llenaba los vasos, que poco a poco se iban vaciando, y
finalmente la botella también, todo lo que tenía en ese momento también se iba
vaciando, a la vez que se desvanecía la vida que anhelaba, con cada trago que
daba.
Abrió el cajón de la mesita, donde
guardaba un revólver cargado. Hacía año y medio que la tenía, y aún no la había
usado. Cuando llegaban a una nueva ciudad, lo guardaba en el cajón de la mesita
del hotel donde se hospedaban, y allí permanecía hasta que se iban. En alguna
ocasión estuvo a punto de dejarlo, pero no lo hizo.
Lo sostuvo en la mano, y contempló a
la mujer. Quizá se atascara, o a saber. No entendía mucho de armas, sólo para
qué servían y cómo usarlas para su fin.
Se dio la vuelta, la acercó a su
sien, apretó el gatillo, y….
…. Un
fuerte sonido cruzó la noche.